Una vez en clase de lengua jugamos al amigo invisible; recibí un ejemplar de Rayuela del escritor argentino Julio Cortázar. Por más oportunidades que le concedía, no podía con él. Se convirtió en una relación de amor-odio insoportable. No lo entendía; me faltaba siempre la conclusión. ¡Participa, por el amor de Dios!, gritaría Cortázar. Al final, y a base de mucho empeño, el día que sintonizamos (¡Cuarta lectura!), me alivié. Rayuela caló muy dentro de mí, cambió mi forma de interpretar y de lidiar con lo cotidiano. Comprendí la ironía, la burla y la llamada al inconformismo. Nada de reglas ni protocolo, fuera las máscaras. ¡Mójate! Díme, ¿Cómo acaba esto?

Desde entonces la obra de Cortázar se reescribe conforme experimento, cobra vida para invitar siempre, cada vez, a una refelexión distinta. Y sólo depende de mí. ¿No creen que es una genialidad?

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