2016-01-07 12.06.18

 

El valor que le damos a algo, sea real o imaginario (posibilidad), impulsa nuestra acción, nos moviliza. Actuamos por privación o por anticipación de un bien. El deseo de lograr ese valor es el que activa nuestra maquinaria interna y modula nuestro comportamiento. El gran secreto de la motivación es ser capaz de alimentar ese deseo, ese motivo, esa posibilidad.

Toda persona disfruta con la acción y tiene la necesidad de sentir que progresa, que es capaz, valiosa, autónoma y competente. La motivación inicial, la que hace que tomemos una decisión, que asumamos un compromiso con nosotros mismos, necesita de la motivación para la tarea para mantener el ímpetu de conseguir lo deseado, para acabar lo que empezado a pesar de todas las dificultades. La perseverancia, la actitud ante el fracaso y la capacidad de aprendizaje tienen mucho que ver en todo esto.

José Antonio Marina comparte con nosotros su teoría de los tres deseos, en la que afirma que para motivar a alguien o a nosotros mismos, es imprescindible activar o relacionar la meta querida con alguno de los grandes deseos del ser humano:

  • El deseo de bienestar personal, alcanzar una meta, disfrutar del placer hedónico.
  • El deseo de vinculación, de reconocimiento. Formar parte de un grupo, sentirse “in”.
  • El deseo de ampliar las posibilidades de acción, afirmar el propio yo, sentirse competente, tomar la iniciativa.

Si conseguimos ligar nuestros proyectos a estos deseos categoría, les estaremos dado un proyección mayor, un incentivo más valioso, lo que nos permitirá retroalimentar nuestro deseo y por ende, nuestra motivación. Pero también hay que cuidar otros aspectos. Las adversidades, la frustración y el fracaso, inseparables compañeros de viaje, hacen de palanca y como tal, transmiten una fuerza determinada. Puede servir de empuje o como elemento paralizador.

Unos persisten, otros desisten. Pero, ¿qué les diferencia? Los expertos lo han relacionado con la idea que tiene el individuo de su propia capacidad de mejorar. Han referido a la <<incompetencia aprendida>> y han puesto todos los focos en las creencias y las emociones, en la red de hábitos que teje cada personalidad. Así, unos comportamientos y maneras de pensar, nuestros motivos, nos catapultan al éxito y otros al desánimo. La pereza, el miedo, la procrastinación –el hábito de dejarlo todo para mañana-, la duda, la voz interior acusadora, etc., frena, nos aleja de nuestro objetivo. En cambio, cultivar la resistencia, la esperanza, el optimismo, la confianza en uno mismo o el sentimiento de competencia, impulsa, regula las emociones, ayuda a detener la respuesta ante un estímulo que no nos conviene, centra nuestra atención, nos permite planificar y darle forma a un proyecto, considerar las opciones, encontrar ayuda, organizar los recursos que tenemos a nuestro alcance y persistir sin agotarnos.

Anuncios